Explora la envidia como un pecado oculto desde Génesis hasta la sociedad actual, analizando su origen, manifestaciones y consecuencias sociales.
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Key Takeaways
- La envidia es una emoción universal y antigua, ligada a la comparación social y al autoconocimiento.
- No depende de la cercanía física sino del conocimiento y la percepción de la felicidad ajena.
- En la era digital, la envidia se dirige más hacia grupos distantes y es fomentada por discursos ideológicos.
- La envidia se oculta por miedo a la desaprobación social y se disfraza con hipocresía.
- El reconocimiento y la comprensión de la envidia pueden ayudar a manejar sus efectos negativos en la sociedad.
What the video covers
- La envidia se remonta simbólicamente al pecado original y al primer crimen de Caín contra Abel en Génesis.
- La comparación interpersonal es fundamental para la formación del autoconcepto y el surgimiento de la envidia.
- Aristóteles y Freud identifican la envidia entre semejantes, pero la proximidad física no es condición necesaria para su aparición.
- Con el avance de la civilización y los medios digitales, la envidia se dirige más hacia lo distante y diferente que hacia lo cercano.
- La envidia actual es frecuentemente promovida y orquestada socialmente contra grupos o ideas, no contra individuos específicos.
- La envidia es un pecado oculto y disfrazado, que se racionaliza y se mantiene en secreto por razones técnicas y morales.
- El envidioso actúa con hipocresía para ocultar su sentimiento y puede incluso participar activamente en la desgracia del envidiado.
- A diferencia de otros vicios, la envidia pierde poder si se hace pública, por lo que se mantiene en silencio y disfrazada.
- El envidioso tiende a magnificar lo negativo y minimizar lo positivo en la persona envidiada, usando la calumnia como máxima expresión.
- La envidia es una emoción intelectual y dolorosa que genera resentimiento y desesperación, distinta de otros sentimientos como la indignación.
Chapters
- 00:00Origen simbólico de la envidia en Génesis
- 01:33Perspectivas clásicas: Aristóteles y Freud sobre la envidia
- 02:50Impacto de la información masiva en la envidia moderna
- 04:17La envidia prefabricada y la manipulación social
- 05:39El secreto y la hipocresía del envidioso
- 07:06Estrategias del envidioso para ocultar su emoción
- 08:37La calumnia y la distorsión de la realidad en la envidia
- 09:42El autoengaño y la naturaleza intelectual de la envidia
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Speaker A
Tras la rebelión de los ángeles y el pecado original, que en cierta medida fue envidia hacia Dios, en Génesis se narra el primer crimen cometido por Caín en contra de su hermano Abel. Este viejo relato es evidencia, en términos
Speaker A
simbólicos, de que la envidia comienza con el origen de la especie humana. Los moralistas de todos los tiempos han testificado la universalidad de la envidia y lo mismo han hecho desde el siglo pasado los sociólogos. La envidia es omnipresente. La comparación de las
Speaker A
ofrendas entregadas a Dios por Caín y Abel es un punto de inflexión muy interesante previo al sentimiento de la envidia. Cada uno de nosotros necesita tener una idea de sí mismo. Y cuando vivimos en sociedad, esta idea se
Speaker A
construye a través de la comparación, principalmente con nuestros vecinos o allegados. Sobre esto detallaré más adelante. Este contraste comparativo nos permite saber si somos altos o bajos, fuertes o débiles, feos o guapos, inteligentes o estúpidos. Y mientras tomamos medida, puesto que no hay dos
Speaker A
personas iguales, también medimos en relación con la inferioridad o la superioridad. Todo juicio de valor equivale a una comparación entre dos extremos: más o menos valiente, más o menos elegante, etcétera. La comparación que los humanos hacemos entre nosotros
Speaker A
responde a esta necesidad, porque de esta manera es como logramos averiguar quiénes somos y cuánto valemos. Así, la comparación interpersonal de la que nace la envidia no es una ficción o una debilidad que tengan ciertas personas, es una exigencia del carácter del
Speaker A
conocimiento. Y dado que las personas no son duplicados, resulta que algunas son inferiores a otras, al menos en ciertos aspectos, puesto que ningún ser humano es superior a todos en todo. La conciencia de una inferioridad parcial es una situación que nadie puede evitar.
Speaker A
Aristóteles comenta que se envidia a los más cercanos y semejantes, concretamente a los hermanos, parientes, vecinos o a los de la misma profesión y clase. Freud sugirió que la primera envidia surge entre hermanos a una temprana edad, pero
Speaker A
estas caracterizaciones de la envidia como una emoción relativa a quienes nos rodean son inexactas. Hay, sin duda, envidia entre los de la misma sangre, colegas, socios y vecinos, pero no es una emoción fundada en relaciones genéticas, profesionales o en el hogar,
Speaker A
ni siquiera en una simple convivencia. De hecho, todas estas formas pueden existir y, sin embargo, no dar lugar a ese sentimiento. La condición necesaria para la envidia no es de proximidad física, sino mental. No es de coexistencia, sino de conocimiento. Hay
Speaker A
un principio escolástico para algunos pensadores de esa tradición que sugiere que nada se quiere si no es previamente conocido. La emoción de la envidia nace de un juicio más o menos verdadero sobre la felicidad del otro. Normalmente el
Speaker A
otro es alguien cercano, pues la proximidad es una incitación directa al conocimiento, pero también es posible conocer indirectamente lo que está distante, aunque no se vea ni se toque.
Speaker A
Un camino que evidentemente se ensanchó con el desarrollo de la civilización. Hubo periodos en que las únicas fuentes de información eran la naturaleza y la palabra hablada. Entonces se podía afirmar sin temor a equivocarse que la envidia se concentraba en los vecinos.
Speaker A
Pero en la medida en que la cantidad de conocimiento recibido a través de los testimonios de otros aumentaba, de la misma manera también aumentaba la capacidad de envidiar a los distintos y a los remotos. De más está decir que
Speaker A
actualmente estamos sujetos a una oferta masiva de información a través de los medios de comunicación e internet. En consecuencia, las personas pueden tener opiniones sobre la felicidad de aquellos a quienes nunca han conocido o de grupos de personas a los que no pertenecen y
Speaker A
como resultado de estos sentimientos pueden envidiar. Lo interesante es que esta posibilidad se convierte a probabilidad si, como suele ser habitual en los medios o plataformas digitales, la información se distribuye previamente enfocada hacia un grupo en particular con una selección parcial, una edición
Speaker A
intencionada o simplemente con un sesgo que se encauce a resaltar las diferencias entre individuos o estamentos. Es, por tanto, obvio que en oposición a lo que ha sucedido en otros tiempos, el mayor número de sentimientos envidiosos se dirigen ahora no contra
Speaker A
los más cercanos y semejantes, sino contra los distantes y diferentes. Si las personas actualmente viven de forma aislada y mutuamente desconocidas en el seno de inmensas multitudes, la envidia pasa a concebirse como prefabricada, porque no surge del roce
Speaker A
de los sujetos, sino que se basa en una insistente predicación laboriosa y sistemáticamente orquestada por una minoría. No se envidia a tal o cual persona, sino una abstracción o a una idea en particular como los ricos o los
Speaker A
elitistas. La envidia se promueve contra esos nombres colectivos, no por lo que son, sino por los adjetivos que les impone el resentimiento de los ideólogos. A los emprendedores se les llama explotadores, a los que no tienen problemas se les llaman privilegiados. A
Speaker A
los jefes, autoritarios; a los felices, egoístas. Y así sucesivamente. Envidiar lo diferente, lo remoto y lo impersonal, previamente incriminado y señalado por los inquisidores de la diferencia y los apologistas de la igualdad, es una especie de envidia que nos llega
Speaker A
previamente enlatada, un tipo de envidia muy popular en nuestro tiempo y que apenas se asemeja a lo que observó Aristóteles.
Speaker A
Uno puede admitir el orgullo, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula y la pereza, e incluso puede jactarse de ellos. Pero hay un solo pecado capital que nadie está dispuesto a reconocer: la envidia, un pecado oscuro, oculto y
Speaker A
eternamente disfrazado. La persona envidiosa evita ver esta emoción como lo que realmente es, porque es capaz de racionalizarla hasta la deformidad. Y su silencio tiene dos motivos que podemos definir claramente, uno técnico y el otro moral. En el primer caso, porque lo
Speaker A
que se envidia suele ser inaccesible, algo que no puede duplicarse ni transferirse, como el talento o la belleza, o cuando se trata de algún bien material. La envidia no cesa a menos que la persona envidiada pierda ese atributo. En muchas ocasiones, el
Speaker A
resultado de su desgracia no puede dejarse al azar, sino que el envidioso suele participar activamente en el proceso. Por tanto, es una cuestión de eficacia acechar en silencio. Los reclamos sociales solo permiten el despojo de aquellos bienes que son
Speaker A
retenidos injustamente. La envidia, sin embargo, es sufrimiento causado por los bienes de otros porque otros los poseen, no porque los disfruten injustamente. En todo caso, eso no sería envidia, sería indignación. Si la envidia se hiciera pública, entonces cualquier acción
Speaker A
emprendida para eliminar su causa sería considerada socialmente ilegítima. Hacer pública tal emoción descalificaría automáticamente la intención de satisfacerla. Para obrar contra su víctima en las mejores condiciones, la persona envidiosa debe vigilar sus sentimientos y fingir tener otros que
Speaker A
sean más aceptables, siendo la estrategia más frecuente disfrazarse de alguien caritativo o justo. Esta hipocresía es una necesidad táctica, pues si el secreto se hiciera público, quedaría neutralizado en la práctica. En los restantes vicios del alma, hacer gala de su padecimiento no los priva de
Speaker A
autoridad e incluso pueden ser un activo, algo de lo que sacan provecho. La persona orgullosa ve cómo aumenta su distancia frente a otros cuando estos se dan cuenta de su orgullo. Al arrogante, la gente deja de pedirle favores. La fama
Speaker A
de la persona sensual es un atractivo complementario. Quien se altera con facilidad normalmente suele ser tratado con más cuidado. El refinado tiende a ser selectivo y la persona perezosa se suele apartar de las tareas que requieran esfuerzo. En cambio, la
Speaker A
publicidad y el anuncio es el talón de Aquiles de la envidia. Cuando se descubre, pierde su aguijón. De ahí que la técnica más pasiva y cautelosa sea el silencio. El
Speaker A
la persona envidiada y si tiene que enfrentarse a ellos, finge ignorancia, sorpresa o falta de interés. No es cierto que pueda borrar de su mente a la persona envidiada mediante un acto enérgico de voluntad. Más bien, teniéndola presente, finge no saber de
Speaker A
su existencia. En el seno de las minorías, la envidia compartida suele traducirse en conspiraciones de silencio. Hay un gran número de pensadores y artistas a quienes sus contemporáneos han negado no solo el reconocimiento, sino incluso el desacuerdo. Es un intento de eliminación
Speaker A
por ostracismo espiritual, una persecución por omisión. La más hipócrita de todas las envidias es la que se hace pasar por desprecio. El silencio del envidioso es el arte de destruir al yo. Si por razones objetivas o subjetivas el silencio no es posible,
Speaker A
el envidioso se vuelve entonces hipócrita, subrayando y multiplicando lo negativo, haciendo marginal o simplemente omitiendo lo positivo. Nada humano es perfecto y por tanto todo adolece de insuficiencias. Con una extraordinaria sutileza discriminatoria, el envidioso pasa por alto lo que está
Speaker A
bien hecho y rebusca lo que falta. Encuentra mediocridad intelectual en los atletas, debilidad física en los genios, insensibilidad estética en los científicos, falta de conocimiento en los artistas, extravagancia en los innovadores, una intención peyorativa que cubre todos sus juicios. Si el
Speaker A
pensamiento es profundo, es oscuro. Si es verdadero, es aburrido. Si es brillante, es una exageración. Si es devastador es sofístico. Si es convincente es dialéctico. Si es exacto, es incompleto. Si es bello, no es riguroso. Y así sucesivamente. Y cuando
Speaker A
no hay más alternativa que admitir algún mérito, entonces queda todavía la comparación con el ideal al que debería o podría haber llegado. La hipercrítica envidiosa solo procura empequeñecer lo grande y su siguiente paso es la actitud ad ominen. La obra podrá ser más o menos
Speaker A
buena, pero el autor deja mucho que desear o es simplemente despreciable. Tiene un antepasado defectuoso, un hermano delincuente, una esposa infiel o un hijo sinvergüenza. Al desacreditar al autor o a su entorno íntimo, el crítico pretende socializar su obra y, sobre
Speaker A
todo, minar su bienestar para que la inferioridad sentida en la felicidad lo sea aún más en la desgracia. Y por si fuera poco, todavía queda la calumnia, una técnica un poco más arriesgada que las anteriores, pero el envidioso
Speaker A
prefiere ser llamado calumniador antes que envidioso. Si no es capaz de postergar, rebajar o acusar, sustituirá el bien real por un mal imaginario. El silencio niega la existencia del envidiado. La hipercrítica niega el valor. La difamación acentúa lo
Speaker A
defectuoso, pero la calumnia ya es el pináculo de la maldad. Estos son los cuatro caminos cardinales que bajo el pretexto del rigor transforman la superioridad del otro en insignificancia imperfección deficiencia o perversidad. Estas prácticas ponen de manifiesto la
Speaker A
refinada astucia del envidioso, dejando en evidencia que se trata de un sentimiento entrenado y de una catarsis de extraordinaria complejidad y sutileza. Ni su entrada ni su salida son espontáneas o elementales como lo son todas las demás emociones instintivas,
Speaker A
sino más bien complejas y elaboradas como lo son todas las funciones superiores de los humanos. La práctica de estos métodos de confusión crea hábitos mentales que se vuelven contra el envidioso. Lo que comienza con una intención de deformar termina con una
Speaker A
mente deformada. Hay personas envidiosas que solo pueden ver lo roto, lo corrupto, lo falso y llegan al punto de que son incapaces de regresar, no por malicia, sino por una cuestión de inercia y costumbre. Finalmente, el envidioso pierde todo sentido de la
Speaker A
realidad. Casi no puede disfrutar de nada, pues tropieza con lo valioso mientras es consumido por lo negativo.
Speaker A
La envidia termina imponiendo una aguda miopía intelectual y una ética invertida selectiva, raíz de una creciente frustración, desencanto e infelicidad.
Speaker A
No todo el que está amargado es envidioso, pero la envidia omnívora conduce a la amargura y al aislamiento.
Speaker A
Retomando el otro motivo moral que explica no solo el secreto de la envidia, sino también el autoengaño de su portador, podemos apreciar en una mirada reflexiva a su interior que la persona envidiosa se avergüenza de lo que siente porque a diferencia de otros
Speaker A
pecados, la envidia carece de una dimensión positiva que sirva como excusa para su sentir, aunque solo fuese de manera parcial. Una vez más, el orgulloso tiene cualidades verdaderas y confianza en sí mismo. El avaricioso tiene ambición, austeridad y disciplina
Speaker A
para el ahorro. El sensual tiene ternura y vitalidad. El irritable tiene fuerza y coraje. El insaciable tiene salud y prodigalidad. El perezoso es elitista ingenioso. Pero la envidia no tiene ni un solo punto a su favor, siendo totalmente mezquina y negativa. No hay
Speaker A
justificación alguna en sufrir por la felicidad de otros y en disfrutar de sus desgracias. En la profundidad de la conciencia moral es difícil ser capaz de reconocerse como alguien objetivamente malo y en general casi todos nos autodenominamos como buenas personas.
Speaker A
Solo cuando revisamos una acción pasada desde el arrepentimiento emerge la culpa. Al ser la envidia un estado anémico constante y no una acción puntual en un momento determinado, somete a una distorsión mental permanente para evitar el horror de
Speaker A
verse a uno mismo actuando de forma perversa. Se reinterpreta constantemente la realidad para no colapsar ante la propia imagen deformada. Y esta maldad absoluta de la envidia es la razón ética por la cual quien la sufre debe mantenerla oculta incluso de sí mismo.
Speaker A
Ocultar la envidia no es un simple dato psicológico, es más bien una decisión humana resultado de un complejo proceso racional. Es fácil ver que la envidia se origina a través de un razonamiento más que de un instinto elemental como la
Speaker A
sensualidad o la agresión. No se envidia porque el código genético así lo dicte. La envidia es la más intelectual de nuestras emociones, no solo porque carece de cuno hormonal, sino porque a pesar de sus falsas premisas, su origen
Speaker A
está en la razón. Aún así, es importante mencionar el carácter sentimental de la envidia. Se suele comentar que los humanos tienen a su disposición tres sistemas básicos para guiarse en el mundo. El instintivo condicionado, el emocional o sentimental y el lógico
Speaker A
racional. Compartimos los dos primeros con otras especies y el último es en este planeta de nuestra exclusiva propiedad. Los sentimientos muestran entre tantas dos deficiencias fundamentales. Pueden confundir o pueden incluso cegar a las facultades discursivas. suministran información rudimentaria, mixta y difícilmente
Speaker A
comunicable e incluso falsa sobre la realidad. Elegir entre varias opiniones basándose únicamente en los gustos y disgustos que inicialmente nos inspiran, guiándonos solo por la afectividad que nos producen, suele ser un error debido a que brindan una información muy
Speaker A
inadecuada sobre la realidad y son inútiles para predecir con un mínimo de aproximación. La interpretación emocional de la realidad es tan imprecisa y subjetiva que en la práctica se anula a sí misma como fórmula cognitiva. La envidia es un sentimiento
Speaker A
y por tanto es algo que no pertenece al nivel superior. Es además un hecho tan universal que se ha proclamado que constituye una inclinación instintiva de la especie humana y sin embargo se ha convertido en uno de los procesos
Speaker A
afectivos más racionalizados, de modo que más bien se asemeja a un fenómeno mental. Aún con estas, su refinamiento y complejidad lógica no le atribuye más vitalidad que al resto, sino todo lo contrario. De ahí que la envidia no se
Speaker A
quiera ni se conozca, se sienta. No es ni bolición ni conocimiento, es sentimiento. Pero de los dolorosos e intencionales, un desagrado provocado por algo exterior al sujeto. En este sentido, no es un estado que está motivado desde dentro como el hambre. No
Speaker A
es un dolor físico localizado, ni una emoción psicosomática o conmoción intensa. Es un displacer general, pesado, duradero y su reflejo corporal es apenas notorio y perceptible. Desde la época de los clásicos ha dicho que la envidia es el dolor por el bien ajeno.
Speaker A
El propio Aristóteles mencionó aquellos bienes que como las riquezas incitan a la envidia. Sin embargo, nadie envidia a un tesoro abandonado, simplemente lo desea. Para que algo sea envidiado, debe ser valioso y debe pertenecer a otro.
Speaker A
Este, pertenecer a otro es esencial, ya que no hay envidia sin un propietario, porque lo que se envidia no es el bien en particular, sino el gozo que normalmente conlleva para su dueño. La preocupación del envidioso es la
Speaker A
felicidad de su prójimo, pero no todas las formas de felicidad son envidiadas. De hecho, ni siquiera es esa felicidad en su totalidad, sino aquella porción concreta que le devuelve el reflejo de su propia carencia, donde lo que realmente arde no es el carecer, sino
Speaker A
sentir que la brecha no se acorta, de ahí que su dolor no tenga un horizonte de alivio. Este tema de la comparación respecto a la felicidad ajena es interesante porque no hay una manera objetiva de medir dicho nivel de
Speaker A
felicidad en una persona. Cada uno es feliz a su manera y no cabe duda de que mayor poder o mayor riqueza no conllevan necesariamente a mayor felicidad.
Speaker A
Entonces, lo que suele ocurrir es que el envidioso se coloca en el lugar del envidiado y llega a la conclusión de que en una situación hipotética él sería más feliz. Ojo, también es posible que el sujeto se sienta tan infeliz que
Speaker A
cualquier supuesta felicidad del otro le parezca superior. En cualquier caso, toma una ficción como certeza que lo conduce a dos caminos. El primero es un impulso constructivo de emular la posición del otro sujeto si es que tiene la esperanza de alcanzar esa posición. Y
Speaker A
el segundo camino conduce a la envidia propiamente dicha si esa esperanza muere. Sobre este primer camino hablar lo haré con más detalle en el segundo video sobre cómo evitar la envidia, porque neutralizar el malestar que produce la propia inferioridad
Speaker A
intentando alcanzar del nivel de quien es mejor es un método mucho más sano que menguar dicho sentimiento. Contrario al segundo camino donde la envidia apunta a suprimir el dolor causado por la propia frustración rebajando a la otra persona.
Speaker A
La emulación motiva a elevarse uno mismo, la envidia a quebrantar a los demás. Al envidioso no lo domina el deseo de ser más, sino más bien el de hacer menos al otro. No hay una voluntad de mejorar, sino de nivelarlo todo.
Speaker A
Aunque cabe mencionar que no toda envidia se fundamenta en la voluntad de poder ni en un complejo de inferioridad, pues quien padece un complejo de inferioridad no se siente inferior a alguien en algo, sino a la mayoría en
Speaker A
casi todo. A diferencia del envidioso, no es una persona que se encuentra ocasionalmente en una situación subordinada, sino alguien que se considera a sí mismo un estado y constitución de inferioridad. quien sufre un complejo de inferioridad carece de impulso propio y tiende a ser tímido
Speaker A
y resignado, mientras que el envidioso tiende a la desesperación y el resentimiento. Hay muchas cuestiones políticas que vinculan a la envidia como resentimiento. Particularmente a los comunistas se le tilda de resentidos sociales barra envidiosos. Pero es válido aclarar algunas diferencias que
Speaker A
separan ambas sensaciones. La envidia no brota del odio algún bien, sino todo lo contrario. Brota de la aprensión de algo valioso, algo que se desea desesperadamente, pero que es incapaz de alcanzarse. La persona envidiosa no ignora ni rechaza los valores, los
Speaker A
vigila, los espía y los desea, siendo tan hipersensible a ellos que sufre solo de imaginar el placer que le procuran a su dueño. No necesariamente donde existe el bien hay envidia, pero sí es cierto que donde hay envidia hay anhelo por
Speaker A
algo valioso. En este sentido, la envidia es axiofílica en unión del término axiología y el sufijofilia, porque genera una atracción enfermiza por los valores, algo que el resentimiento no es capaz de hacer. Por otro lado, las complejas operaciones
Speaker A
mentales del resentido consisten en trastocar todo juicio de valor y la receta, parécete de amargura, reside en negar que alguna cualidad destacable sea verdaderamente valiosa. Por ejemplo, para dejar de sentir envidia hacia alguien porque es amado, basta con
Speaker A
convencerse de que ser objeto de amor no es valioso. Este ataque a la raíz derribaría toda argumentación de una persona envidiosa, pero las maquinaciones de la persona resentida no se detienen aquí. impulsan el resentimiento hacia un pensamiento final
Speaker A
que consiste en la afirmación de que tal cualidad constituye un contravalor. Es decir, que ser objeto de amor conlleva a la opresión o al egoísmo. La lógica es la siguiente: quien disfruta de lo que yo carezco es culpable porque su
Speaker A
supuesto bien es realmente un mal. Nietzsche bautizó a esta medida desesperada y última como un behtun, un neologismo que se traduce literalmente como revalorización. En su sentido puro significa dar vuelta o volver del revés a un valor, negándolo para afirmar lo
Speaker A
contrario. Podemos apreciar más claramente esta inversión de valores en sus obras Genealogía de la Moral y el anticristo, donde como bien diría Oscar de filosofía de película, los filósofos aún podían darse el lujo de hacer tal cual la moral cristiana. Nietzsche la
Speaker A
catalogaría como una moral de esclavos, argumentando que su fundamento radica en el odio y la venganza de los débiles hacia los fuertes, a quienes tildaron de malvados por pura envidia. En armonía con estas ideas, una virtud cristiana como la humildad no es más que un
Speaker A
pseudovalor sin ningún otro propósito que denotar decadencia y voluntad de nada. Con esta decisión de extrema violencia lógica, el resentimiento logra dos propósitos. El primero, disolver la envidia, ya que nadie puede ser feliz si posee un sedu valor, solo un pobre
Speaker A
desgraciado digno de compasión y desprecio. Y el segundo propósito y más avanzado es de vindicación. quienes encuentran valioso aquello cuya carencia me hunde en una infelicidad que considero injusta son culpables de engrandecer un falso valor. De esta forma, el envidioso convierte el modelo
Speaker A
admirado en algo vulgar y escandaloso y al envidiado en un marginado moral. Así es como transforma el antiguo sufrimiento e infelicidad por su carencia en un castigo que el otro debe soportar. Esta inversión de valores no solo es eficaz en el caso de la envidia,
Speaker A
sino que también es aplicable a todos los estados de inferioridad mediante la mala conciencia. El límite ideal del resentimiento se alcanza con dolor a convencer al otro de que aquello que consideraba virtuoso es realmente una conducta depravada, pero el resultado
Speaker A
rara vez logra el doble propósito de liberarse del dolor sufrido y de venganza por el daño causado. Estas acrobacias mentales consumen una gran cantidad de energía interior, por eso quien siente resentimiento nunca logra convencerse plenamente de que lo valioso
Speaker A
es un contravalor. Y esta duda obstruye su operación emancipadora, además de que no logra convencer a todos, incluida a sus víctimas, de que aquellos juzgados, como un ejemplo a seguir son realmente perversos. No es fácil, por tanto, salir
Speaker A
del resentimiento debido a su peculiar lógica y por causa de ella uno puede permanecer resentido para siempre. La envidia, como todos los demás sentimientos dolorosos, no produce un dolor físico localizado, sino más bien es un malestar difuso. A diferencia de
Speaker A
otros sentimientos, como la depresión, no tiene un origen inconsciente y autónomo, sino consciente. No brota de un interior misterioso, sino de un estímulo externo conocido o de la actualización mental de dicho estímulo.
Speaker A
Así como uno debe pensar en el odiado para sentir odio, uno debe pensar en el envidiado para sentir envidia. Y lo que verdaderamente la distingue de otros sentimientos es ese vínculo con el malestar, el cual no aflige intermitente
Speaker A
u ocasionalmente, sino que es inseparable del displacer. Por eso podemos decir que lleva consigo un castigo, o sea, es autopunitiva, porque mientras mayor es la envidia, mayor es el castigo del que la padece. Creo que en este sentido es un pecado bastante
Speaker A
justo, por decirlo de alguna manera. Sin embargo, se debe considerar también que el envidiado puede resultar afectado negativamente en muchas ocasiones, ya que nunca está protegido ni asegurado y mucho menos es compensado por alguien tras las acciones que el envidioso pueda
Speaker A
cometer. Esto constituye una forma de perturbar a quienes presencian la envidia sin participar de ella, lo cual siempre implica un malestar, no tanto por la simpatía o compasión ante el sufrimiento ajeno, sino por el miedo a las reacciones del envidioso, que cuando
Speaker A
se exteriorizan siempre se tornan agresivas. Expropiaciones de un bien, marginación hipercrítica, difamación, calumnia. Aún cuando la envidia no se traduce en acción, siempre es una amenaza. El envidiado es consciente de que hay un potencial agresor permanente, incluso cuando no sabe con certeza el
Speaker A
lugar, la hora y la forma de la posible agresión. Esta ausencia de precisión sobre el daño se vuelve particularmente desconcertante y produce una angustia ante un peligro oculto que es además prolongado e incierto. El popularmente conocido mal de Ojo o las maldiciones
Speaker A
males atribuidos a los envidiosos tienen como efecto secundario la angustia de su indeterminación. Saber o tener el presentimiento de ser envidiado provoca una amplia gama de situaciones incómodas desde un simple malestar e inquietud hasta la parálisis. Sobre qué podemos
Speaker A
hacer para evitar la envidia y que han escrito sobre ella algunos pensadores, estaré hablando en la segunda parte de este video. Solo espero que hasta entonces siga siendo un tema que a nadie le importa.
Speaker A
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