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El Genio Olvidado Que lo Arriesgó Todo Por Inventar el Primer Tren del Mundo

Historia de Richard Trevthick, el inventor del primer tren de vapor, y su lucha contra el monopolio de James Watt en la revolución industrial.

Key Takeaways

  • La innovación de Trevthick fue clave para el desarrollo del transporte motorizado y la revolución industrial.
  • El monopolio de James Watt frenó inicialmente el avance de tecnologías más eficientes y portátiles.
  • El uso de vapor a alta presión fue una idea revolucionaria pero muy peligrosa en su época.
  • La adaptación tecnológica requiere considerar las condiciones del entorno, como la necesidad de rieles para locomotoras.
  • La perseverancia y la intuición pueden superar la falta de educación formal y la oposición de poderosos intereses.

What the video covers

  • En 1804, Richard Trevthick apostó todo para demostrar que un motor de vapor podía reemplazar a los caballos.
  • La minería en Gran Bretaña enfrentaba problemas graves por inundaciones y altos costos de carbón.
  • James Watt dominaba la tecnología del vapor con motores de baja presión, grandes y costosos, manteniendo un monopolio.
  • Trevthick, un trabajador de Cornualles con poca educación formal, desarrolló un motor de vapor a alta presión, revolucionario y peligroso.
  • El motor de Trevthick era pequeño, portátil y usaba vapor a alta presión, lo que lo hacía más eficiente pero arriesgado por posibles explosiones.
  • Watt intentó desacreditar y prohibir la tecnología de alta presión para proteger su monopolio.
  • En 1801, Trevthick presentó el primer vehículo motorizado que transportó pasajeros, llamado 'el bufador'.
  • Un accidente por negligencia destruyó la primera locomotora, pero Trevthick continuó innovando y patentó su diseño.
  • Intentó introducir carruajes de vapor en Londres, pero las calles irregulares y un accidente frustraron el proyecto.
  • Finalmente, Trevthick entendió que su invento necesitaba rieles de hierro para funcionar correctamente, lo que lo llevó a colaborar con empresarios de la industria del hierro.

Answers

Questions about this video

¿Quién fue Richard Trevthick y qué inventó?

Richard Trevthick fue un inventor británico que creó el primer motor de vapor a alta presión portátil y construyó la primera locomotora que transportó pasajeros en 1801.

¿Por qué James Watt se oponía a la tecnología de alta presión de Trevthick?

James Watt tenía un monopolio sobre los motores de vapor de baja presión y consideraba que la tecnología de alta presión era peligrosa, llegando a difamar a Trevthick y buscar prohibirla para proteger sus intereses.

¿Cuál fue el principal problema que enfrentó la primera locomotora de Trevthick?

La primera locomotora se destruyó en un incendio causado por negligencia al no apagar el fuego de la caldera, lo que provocó que la máquina se derritiera y quemara el granero donde estaba guardada.

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Speaker A
Imagina apostar una fortuna equivalente a decenas de miles de dólares actuales en una idea que todos a tu alrededor consideran una locura suicida. En el año 1804, un hombre estaba a punto de demostrar que una aterradora bestia de metal y fuego podía reemplazar el trabajo de los caballos. Había prestigio, muchísimo dinero y su propia vida en juego, porque si su invento explotaba bajo la presión, no quedaría absolutamente nada de él. Esta es la fascinante historia [música] de cómo una arriesgada apuesta cambió el curso de la humanidad para siempre. Para entender la enorme magnitud de este desafío y por qué esta invención era vista casi como brujería, debemos sumergirnos en la oscuridad de la revolución industrial a finales del siglo XVII. En esa época, la economía de Gran Bretaña dependía vitalmente de la minería del carbón, el cobre y el estaño. Pero los mineros enfrentaban un enemigo invencible, el agua. A medida que excavaban más profundo, las minas se inundaban constantemente. Las cubetas tiradas por caballos ya no eran suficientes para drenar el agua y las minas corrían el riesgo de cerrar para siempre. Fue entonces cuando aparecieron los primeros colosos de la ingeniería. Hombres como Thomas Newcom y más tarde el legendario James Watt inventaron los primeros motores de vapor. Pero estas máquinas no se parecían en absolutamente nada a un motor moderno. Eran monstruos inmensos del tamaño de un edificio de tres pisos construidos con toneladas de ladrillo, hierro y cobre. Funcionaban con un principio de baja presión y utilizaban el vacío creado por la condensación del vapor para mover un gigantesco pistón hacia arriba y hacia abajo. Cumplían su función de bombear agua, sí, pero tenían un defecto [música] terrible. Consumían montañas enteras de carbón para funcionar y eran tan inmensos y pesados que resultaba físicamente imposible montarlos sobre ruedas para que se movieran por sí solos. Además, James Watt no solo era un ingeniero brillante, sino un hombre de negocios implacable. Había patentado su diseño y mantenía un monopolio absoluto y asfixiante sobre la tecnología del vapor. Watt cobraba enormes sumas de dinero a los dueños de las minas solo por [música] el derecho a usar sus motores, exigiéndoles un tercio del valor de todo el carbón que se ahorraban. Este monopolio tenía a los empresarios mineros al borde de la quiebra, especialmente en la región de [música] Cornualles, al suroeste de Inglaterra, donde el carbón era escaso y extremadamente caro de importar. El gran misterio que desconcertaba a las mentes más brillantes de la ingeniería mundial era si resultaba posible crear un motor lo suficientemente pequeño para ser portátil, pero con la fuerza devastadora de un gigante. La respuesta no llegaría de un científico refinado de la alta sociedad, sino de un joven de clase trabajadora, corpulento y rebelde que todos subestimaron. Su nombre era Richard Trevthick, nacido en el año 1771, precisamente en el corazón minero de Cornualles. A diferencia de los ingenieros académicos de su época, Trevthick apenas sabía leer y escribir correctamente [música], pero lo que le faltaba en educación formal le sobraba en intuición mecánica y fuerza física. De hecho, era conocido en su juventud [música] por ser un gigante de seis pies y dos pulgadas, un temido luchador tradicional que solía lanzar a sus oponentes por los aires en las ferias de los pueblos. Al crecer rodeado de oscuridad, poleas y motores, [música] entendió rápidamente que el monopolio de James Watt estaba destruyendo a su gente. Trevthick tuvo una revelación brillante, pero sumamente aterradora. Para hacer que un motor fuera pequeño y portátil, debía abandonar por completo la idea del vacío y el enorme condensador de Watt. La única solución era atrapar el vapor dentro de la caldera y calentarlo hasta alcanzar una presión extrema, dejando que la fuerza expansiva del vapor empujara el pistón directamente. Hoy en día esto nos parece básico, pero en el año 1790 y tantos pensar en vapor a alta presión era sinónimo de construir una bomba de tiempo lista para aniquilar a cualquiera en un radio de 100 m. En aquel entonces, las calderas se hacían uniendo placas de hierro forjado con remaches hechos a mano. Si la presión del vapor superaba la resistencia del metal, la máquina no simplemente dejaba de funcionar, explotaba con la misma fuerza que un ataque de artillería pesada, arrojando metralla de hierro ardiente [música] y agua hirviendo en todas direcciones. El mismísimo James Watt, al enterarse de los experimentos de Trevthick, inició una campaña de difamación brutal contra él. Watt consideraba [música] que esta idea era tan letal e irresponsable que incluso declaró públicamente [música] que Trevthick merecía ser colgado en la horca por poner en peligro la vida humana. Incluso intentó impulsar leyes en el Parlamento británico para prohibir la alta presión para siempre. Pero nuestro protagonista no era de los que se rendían ante el miedo o la autoridad. Trabajando en absoluto [música] secreto y desafiando el imperio de Watt, logró fabricar una caldera cilíndrica y resistente, capaz de soportar fuerzas descomunales sin volar en mil pedazos. Sus motores eran tan diferentes a los de Watt que la gente los llamaba bufadores, porque en lugar de condensar el vapor silenciosamente, lo expulsaban directamente al aire con un ruido ensordecedor que aterrorizaba a los caballos y a los pueblerinos. Llegó el momento de poner su invento sobre ruedas. En la fría víspera de Navidad del año 1801, Trevthick sacó a las calles de tierra de su pueblo un vehículo tosco y ruidoso al que bautizaron como el bufador. Ese día histórico, siete valientes hombres se subieron a esta máquina sin frenos ni dirección precisa y lograron subir la colina de Camborne, impulsados únicamente por la fuerza de la presión del vapor. Fue la primera vez en toda la historia de la humanidad que un vehículo motorizado transportó pasajeros. Parecía un triunfo total y definitivo que cambiaría el mundo esa misma tarde. Sin embargo, te adelanto que el verdadero obstáculo de este inventor no sería la falta de ingenio, sino una increíble mezcla de mala suerte y decisiones impulsivas. Esa misma noche de Navidad, eufóricos por haber hecho historia, Trevthick y sus amigos estacionaron al bufador en un granero y se fueron a un pub cercano a celebrar bebiendo cerveza y comiendo ganso asado. En medio de la fiesta cometieron un error catastrófico. Olvidaron apagar el fuego de la caldera de la máquina. El agua se evaporó por completo, el hierro se calentó al rojo vivo y la primera locomotora de pasajeros de la historia se derritió y provocó un incendio que redujo el granero a cenizas. A pesar del desastre, la semilla ya estaba plantada. Tras patentar su diseño, Trevthick se mudó a Londres con la intención de conquistar el mercado del transporte urbano. En el año 183 construyó un asombroso carruaje de vapor diseñado para reemplazar a los carruajes tirados por caballos que inundaban la ciudad. Durante varias noches condujo este monstruo de metal por las oscuras calles de [música] Londres, esquivando baches y aterrorizando a los peatones. Pero nuevamente el destino intervino. En uno de los viajes, el conductor perdió el control y la máquina se estrelló violentamente contra el muro de un jardín. Aunque nadie murió, los inversores [música] perdieron todo su dinero y abandonaron el proyecto. Trevthick se dio cuenta de algo crucial en medio de la ruina. Las calles de tierra, los baches y las piedras eran un terreno imposible para su pesada maquinaria. Necesitaba [música] superficies perfectamente lisas. Necesitaba rieles de hierro. Esta innovadora idea lo llevó directamente a las oscuras y humeantes fábricas de hierro de Gales, donde conoció a un empresario llamado Samuel Homfrey, dueño de los talleres de Penydarren. Homfrey estaba frustrado porque tenía que pagar peajes altísimos para transportar su hierro por los canales locales y estaba buscando desesperadamente una f
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Speaker A
metal y fuego podía reemplazar el trabajo de los caballos. Había prestigio, muchísimo dinero y su propia vida en juego, porque si su invento explotaba bajo la presión, no quedaría absolutamente nada de él. Esta es la fascinante historia [música] de cómo una
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arriesgada apuesta cambió el curso de la humanidad para siempre. Para entender la enorme magnitud de este desafío y por qué esta invención era vista casi como brujería, debemos sumergirnos en la oscuridad de la revolución industrial a finales del siglo XVII. En esa época, la
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economía de Gran Bretaña dependía vitalmente de la minería del carbón, el cobre y el estaño. Pero los mineros enfrentaban un enemigo invencible, el agua. A medida que excavaban más profundo, las minas se inundaban constantemente. Las cubetas tiradas por
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caballos ya no eran suficientes para drenar el agua y las minas corrían el riesgo de cerrar para siempre. Fue entonces cuando aparecieron los primeros colosos de la ingeniería. Hombres como Thomas Newcom y más tarde el legendario James Watt inventaron los primeros
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motores de vapor. Pero estas máquinas no se parecían en absolutamente nada a un motor moderno. Eran monstruos inmensos del tamaño de un edificio de tres pisos construidos con toneladas de ladrillo, hierro y cobre. funcionaban con un principio de baja presión y utilizaban
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el vacío creado por la condensación del vapor para mover un gigantesco pistón hacia arriba y hacia abajo. Cumplían su función de bombear agua, sí, pero tenían un defecto [música] terrible. Consumían montañas enteras de carbón para funcionar y eran tan inmensos y pesados
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que resultaba físicamente imposible montarlos sobre ruedas para que se movieran por sí solos. Además, James Watt no solo era un ingeniero brillante, sino un hombre de negocios implacable.
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Había patentado su diseño y mantenía un monopolio absoluto y asfixiante sobre la tecnología del vapor. Wat cobraba enormes sumas de dinero a los dueños de las minas solo por [música] el derecho a usar sus motores, exigiéndoles un tercio
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del valor de todo el carbón que se ahorraban. Este monopolio tenía a los empresarios mineros al borde de la quiebra, especialmente en la región de [música] Cornualles, al suroeste de Inglaterra, donde el carbón era escaso y extremadamente caro de importar. El gran
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misterio que desconcertaba a las mentes más brillantes de la ingeniería mundial era si resultaba posible crear un motor lo suficientemente pequeño para ser portátil, pero con la fuerza devastadora de un gigante. La respuesta no llegaría de un científico refinado de la alta
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sociedad, sino de un joven de clase trabajadora, corpulento y rebelde que todos subestimaron. Su nombre era Richard Trevthick, nacido en el año 1771, precisamente en el corazón minero de Cornuales. A diferencia de los ingenieros académicos de su época,
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Trevthick apenas sabía leer y escribir correctamente [música] pero lo que le faltaba en educación formal le sobraba en intuición mecánica y fuerza física. De hecho, era conocido en su juventud [música] por ser un gigante de seis pies y dos pulgadas, un
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temido luchador tradicional que solía lanzar a sus oponentes por los aires en las ferias de los pueblos. Al crecer rodeado de oscuridad, poleas y motores, [música] entendió rápidamente que el monopolio de James Watt estaba destruyendo a su gente. Treby Thick tuvo
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una revelación brillante, pero sumamente aterradora. Para hacer que un motor fuera pequeño y portátil, debía abandonar por completo la idea del vacío y el enorme condensador de wat. La única solución era atrapar el vapor dentro de la caldera y calentarlo hasta alcanzar una
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presión extrema, dejando que la fuerza expansiva del vapor empujara el pistón directamente. Hoy en día esto nos parece básico, pero en el año 1790 y tantos pensar en vapor a alta presión era sinónimo de construir una bomba de
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tiempo lista para aniquilar a cualquiera en un radio de 100 m. En aquel entonces, las calderas se hacían uniendo placas de hierro forjado con remaches hechos a mano. Si la presión del vapor superaba la resistencia del metal, la máquina no
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simplemente dejaba de funcionar, explotaba con la misma fuerza que un ataque de artillería pesada, arrojando metralla de hierro ardiente [música] y agua hirviendo en todas direcciones. El mismísimo James Watt, al enterarse de los experimentos de Trevthic, inició una
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campaña de difamación brutal contra él. Wat consideraba [música] que esta idea era tan letal e irresponsable que incluso declaró públicamente [música] que Trevthick merecía ser colgado en la orca por poner en peligro la vida humana. Incluso intentó impulsar leyes
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en el Parlamento británico para prohibir la alta presión para siempre. Pero nuestro protagonista no era de los que se rendían ante el miedo o la autoridad.
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Trabajando en absoluto [música] secreto y desafiando el imperio de Wat, logró fabricar una caldera cilíndrica y resistente, capaz de soportar fuerzas descomunales sin volar en mil pedazos.
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Sus motores eran tan diferentes a los de Wat que la gente los llamaba bufadores, porque en lugar de condensar el vapor silenciosamente, lo expulsaban directamente al aire con un ruido ensordecedor que aterrorizaba a los caballos y a los pueblerinos.
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Llegó el momento de poner su invento sobre ruedas. En la fría víspera de Navidad del año 1801, Trevy Thicks sacó a las calles de tierra de su pueblo un vehículo tosco y ruidoso al que bautizaron como el bufador. Ese
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día histórico, siete valientes hombres se subieron a esta máquina sin frenos ni dirección precisa y lograron subir la colina de Camborne, impulsados únicamente por la fuerza de la presión del vapor. Fue la primera vez en toda la historia de la humanidad que un vehículo
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motorizado transportó pasajeros. Parecía un triunfo total y definitivo que cambiaría el mundo esa misma tarde. Sin embargo, te adelanto que el verdadero obstáculo de este inventor no sería la falta de ingenio, sino una increíble mezcla de mala suerte y decisiones
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impulsivas. Esa misma noche de Navidad, eufóricos por haber hecho historia, Trev Thick y sus amigos estacionaron al bufador en un granero y se fueron a un pop cercano a celebrar bebiendo cerveza y comiendo ganszo asado. En medio de la fiesta cometieron un error
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catastrófico. Olvidaron apagar el fuego de la caldera de la máquina. El agua se evaporó por completo, el hierro se calentó al rojo vivo y la primera locomotora de pasajeros de la historia se derritió y provocó un incendio que
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redujo el granero a cenizas. A pesar del desastre, la semilla ya estaba plantada. Tras patentar su diseño, Treby Thicks se mudó a Londres con la intención de conquistar el mercado del transporte urbano. En el año 183 construyó un asombroso carruaje de vapor
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diseñado para reemplazar a los carruajes tirados por caballos que inundaban la ciudad. Durante varias noches condujo este monstruo de metal por las oscuras calles de [música] Londres, esquivando baches y aterrorizando a los peatones.
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Pero nuevamente el destino intervino. En uno de los viajes, el conductor perdió el control y la máquina se estrelló violentamente contra el muro de un jardín. Aunque nadie murió, los inversores [música] perdieron todo su dinero y abandonaron el proyecto.
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Trevthic se dio cuenta de algo crucial en medio de la ruina. Las calles de tierra, los baches y las piedras eran un terreno imposible para su pesada maquinaria. Necesitaba [música] superficies perfectamente lisas.
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Necesitaba rieles de hierro. Esta innovadora idea lo llevó directamente a las oscuras y humeantes fábricas de hierro de Gales, donde conoció a un empresario llamado Samuel Homfrey, dueño de los talleres de Penny Darren. Homfrey estaba frustrado porque tenía que pagar
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Speaker A
peajes altísimos para transportar su hierro por los canales locales y estaba buscando desesperadamente una forma de mover su mercancía usando las vías de hierro tiradas por caballos que ya tenía instaladas. Al ver los diseños del joven inventor, Homrey confió ciegamente en el
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Speaker A
poder del vapor y decidió desafiar a su mayor rival comercial, [música] un hombre llamado Richard Crochety. Entre ambos empresarios se forjó una apuesta legendaria de 500 Guineas, una cifra colosal para la época que podía quebrar a una familia entera. La condición de la
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Speaker A
apuesta era simple, pero brutal y aparentemente imposible. La bestia mecánica diseñada por Trevhic debía arrastrar 10 pesadas toneladas de hierro por las rústicas vías de caballos hasta llegar a un canal a casi 16 km de distancia y debía hacerlo sin la ayuda
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Speaker A
de un solo animal. Y justo aquí quiero detener esta historia un segundo para hacerte una pregunta. Si tú vivieras en ese remoto año 1804, rodeado de simples y silenciosas carretas de madera, y de repente vieras a un monstruo de metal de 5 toneladas
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Speaker A
escupiendo humo negro abrasador y fuego por una chimenea, ¿te habrías subido a los vagones por pura valentía o hubieras salido corriendo del susto pensando que era un acto de brujería que iba a explotar? Deja tu respuesta sincera ahora mismo en los comentarios. Quiero
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Speaker A
leer qué tan arriesgada es la comunidad de El genio sabelo todo y cuántos de ustedes tendrían el valor de hacer historia. Continuemos con este momento que definiría nuestro presente. Treby Thick se encerró en los talleres y construyó su obra maestra, un motor
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Speaker A
impecable con un enorme volante de inercia que suavizaba el violento movimiento del pistón. Pero además implementó una innovación secreta que cambiaría el mundo de la ingeniería para siempre. Un detalle técnico de pura genialidad. En lugar dejar que el vapor
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Speaker A
de escape se desperdiciara en el aire, lo dirigió directamente hacia arriba por el interior de la chimenea. Esto creaba un vacío artificial que succionaba aire fresco hacia el fuego [música] de la caldera a gran velocidad. En términos simples, el propio escape del motor
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Speaker A
soplaba el fuego, haciéndolo arder mágicamente con una furia implacable y dándole el doble de potencia a toda la máquina. A este invento se le conoce [música] como el tubo de escape y es el principio fundamental que hizo posibles
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Speaker A
a todas las locomotoras de vapor del futuro. El 21 de febrero del año 1804 llegó por fin el [música] gran día rodeado de un silencio sepulcral y miradas de absoluta incredulidad. A la inmensa máquina de hierro le ataron
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Speaker A
cinco pesados vagones cargados con 10 toneladas [música] de hierro puro. Y para sorpresa de absolutamente todos los presentes, 70 valientes trabajadores de la fábrica decidieron subirse encima de los vagones, desafiando el miedo a una explosión inminente. Cuando encendieron
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Speaker A
el fuego y abrieron las válvulas, la bestia comenzó a bufar. Los inmensos engranajes crujieron y lentamente comenzó a moverse hacia delante. El viaje fue una verdadera odisea titánica de 15,7 km en total. Las vías no estaban diseñadas para algo tan ancho, por lo
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Speaker A
que durante el tenso trayecto tuvieron que detener la locomotora varias veces para cortar ramas de árboles y mover enormes rocas que bloqueaban el camino.
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Speaker A
A pesar de los obstáculos, la máquina avanzaba imparable y majestuosa, devorando la distancia. Completaron el agotador recorrido en 4 horas y 5 minutos, consumiendo apenas 100 kg de carbón. Y lo más sorprendente de todo, sin necesitar ni una sola gota de agua
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Speaker A
extra en la caldera, fue un éxito rotundo, absoluto e indiscutible. Samuel Homfrey ganó la inmensa apuesta.
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Speaker A
[música] Se embolsó las 500 guineas y Trevthic tocó el cielo con las manos al demostrar frente al mundo entero que su visión revolucionaria era correcta. James Watt y sus teorías de baja presión habían sido derrotados.
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Speaker A
Pero en la cruel historia de los inventores pioneros, la alegría inmensa casi siempre se desmorona en un abrir y cerrar de ojos. Durante el viaje de regreso, la máquina tembló violentamente y un pequeño perno que sostenía [música] una pieza clave se rompió.
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Speaker A
Este pedazo de metal costaba apenas ocho peniques, una suma insignificante, pero su rotura provocó que la caldera perdiera toda su agua vital. Tuvieron que apagar los fuegos de emergencia para evitar una explosión letal, tragar su orgullo frente a las multitudes que
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Speaker A
antes aplaudían y llamar caballos de carga para remolcar a la pesada máquina vacía de vuelta al punto de inicio. Pero atención, porque el perno roto no fue el verdadero verdugo de esta historia histórica. El golpe de gracia vendría
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Speaker A
días después, cuando intentaron usar la locomotora [música] por segunda vez para el trabajo diario, ocurrió el gran desastre que pondría fin al sueño. El peso descomunal de 5 toneladas de la máquina comenzó [música] a quebrar, agrietar y destrozar los frágiles rieles
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Speaker A
de hierro fundido a su paso. Las plagas se hundían en la tierra y los rieles estallaban como si fueran de cristal.
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Speaker A
Esos rieles estaban diseñados para soportar carretas ligeras jaladas por caballos, no enormes bloques de hierro concentrado vibrando con la fuerza de un volcán. El invento de Trevis Thick era simplemente demasiado avanzado para la infraestructura rudimentaria de su época. La máquina de vapor no fracasó en
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Speaker A
absoluto. Fue el mundo a su alrededor el que aún no estaba preparado para soportar [música] su abrumadora fuerza.
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Speaker A
Frustrado por las insalvables circunstancias, el dueño de la fábrica canceló el proyecto definitivamente. La maravilla tecnológica que había hecho historia fue desmantelada sin piedad para usarse como una simple y aburrida bomba de agua estacionaria en un molino, despojada de sus ruedas y de su gloria.
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Speaker A
Aunque el terco inventor hizo valientes intentos posteriores, creando una nueva máquina en el año 1805 y construyendo un círculo de exhibición en Londres en el año 1808 al que llamó Atrápame quien pueda. Donde la gente pagaba boletos por
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Speaker A
dar vueltas a más de 19 km porh. El triste resultado siempre terminaba siendo exactamente el mismo. Los rieles colapsaban bajo el tremendo peso, la máquina descarrilaba y el dinero de los inversores se evaporaba rápidamente.
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Speaker A
Completamente derrotado, endeudado hasta el cuello y profundamente amargado con Inglaterra, Trevi Thick tomó una decisión drástica que convertiría su vida en una película de aventuras extremas.
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Speaker A
abandonó la creación de trenes para siempre y en el año 1816 aceptó un contrato desesperado al otro lado del mundo, en las peligrosas y remotas minas de plata de la cordillera de los Andes en Perú. Transportó sus pesados motores de alta presión a través
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Speaker A
del océano y los subió por las traicioneras montañas andinas, utilizando recuas de mulas, logrando drenar las minas españolas y convirtiéndose temporalmente en un hombre inmensamente rico y respetado en Sudamérica. Pero la tragedia parecía perseguir a este genio como una sombra
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Speaker A
oscura. Justo cuando amasaba una inmensa fortuna en plata, estallaron las feroces guerras de independencia sudamericanas lideradas por Simón Bolívar. Trevisik se vio atrapado en medio del fuego cruzado militar. Tuvo que huir para salvar su vida, abandonando todos sus motores, sus
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Speaker A
minas y su enorme fortuna. El hombre que inventó el tren pasó los siguientes años vagando como un fantasma por las densas selvas de Costa Rica, buscando nuevas minas, sobreviviendo a naufragios, [música] ataques de caimanes y contrayendo enfermedades tropicales casi mortales.
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Speaker A
[música] En un giro del destino casi milagroso y poético, mientras deambulaba en la ruina total por las calles de la ciudad de Cartagena, en Colombia, se cruzó por [música] absoluta casualidad con un joven ingeniero inglés que estaba allí
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Speaker A
de negocios. Ese joven era nada más y nada menos que Robert Stevenson, el hijo de George [música] Stevenson. Los Stepenson eran la familia que, aprovechando la ausencia de Trevthick en Inglaterra estaban perfeccionando la locomotora y a punto de hacerse
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Speaker A
multimillonarios con ella, sintiendo una profunda [música] lástima por el estado demacrado y miserable del hombre que había iniciado todo. El joven Robert Stevenson le regaló de su propio bolsillo 50 libras esterlinas para que el genio olvidado pudiera comprar un
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Speaker A
pasaje de barco y regresar a su tierra natal antes de morir de hambre. Trevifik regresó a Inglaterra en el año 1827 como un completo desconocido. Mientras él había estado luchando por su vida en las selvas americanas, otros visionarios
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Speaker A
habían tomado su brillante chispa inicial y la habían convertido en una industria indetenible. [música] Ingenieros como George Stepenson entendieron el error que condenó a Trevthick y descubrieron que el gran secreto no era cambiar el tren, sino fabricar rieles de hierro forjado, mucho
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Speaker A
más fuertes, pesados y resistentes. Cuando el famosísimo tren llamado Rocket de los Stepenson triunfó a nivel mundial en las pruebas de Rainhill, marcando el inicio oficial de la era ferroviaria comercial, no inventó ningún principio físico nuevo, simplemente utilizó de manera más refinada la
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Speaker A
caldera tubular, el vapor a extrema presión y la chimenea de escape que nuestro olvidado y arruinado protagonista había diseñado un cuarto de siglo antes, en total soledad en los talleres de Gales. Los Stepenson se llevaron toda la gloria, el dinero y los
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Speaker A
aplausos de la historia, mientras que Richard Trevthick se desvanecía en el olvido. Falleció en la pobreza más absoluta e indignante en el año 1833.
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Speaker A
No dejó ni siquiera dinero para pagar su propio ataúd. Fueron sus humildes compañeros mecánicos del taller donde trabajaba sus últimos días, quienes hicieron una colecta para evitar que lo enterraran en una fosa común, logrando darle sepultura en una tumba sin nombre
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Speaker A
que hoy en día se ha perdido para siempre. Hoy, cuando te paras en el andén de una estación y ves pasar un moderno tren bala a más de 300 km porh cortando el viento como una flecha, o cuando recibes un paquete que cruzó el
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Speaker A
país entero a través de kilómetros de vías de acero inoxidable, estás viendo el asombroso resultado directo de aquella primera e imperfecta bestia de hierro que rodó temblando y bufando por las [música] frágiles vías galesas en aquel lejano febrero del año 1804.
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Speaker A
Aquel genio indomable, gigantesco e incomprendido, lo perdió absolutamente todo en su turbulenta vida, desde su dinero hasta su fama. Pero a cambio le regaló al mundo entero el poder infinito de la velocidad y conectó a la humanidad para siempre.
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Speaker A
Si esta increíble y profunda historia te voló la cabeza y te apasiona descubrir cómo se forjó realmente nuestro mundo moderno a base de sudor, engaños y puro ingenio, tienes que suscribirte a El genio sabelo todo en este mismo
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Speaker A
instante. Aquí no nos conformamos con la historia oficial, desenterramos las verdades más grandes, las traiciones corporativas y los secretos mejor guardados de la historia de la humanidad que nadie más te cuenta. Suscríbete a El genio sabelo todo ahora mismo. Asegúrate
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Speaker A
de activar la campana de notificaciones y dale un buen like a este video para apoyar la investigación. Prepárate muy bien porque en nuestro próximo episodio te revelaremos otro misterio oculto que cambiará por completo tu forma de ver el
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mundo y la tecnología que usas a diario. No.
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