El metano es inodoro e incoloro, es decir, no huele y no tiene color, pese a ser el resultado de la putrefacción de elementos orgánicos como las plantas.
En cambio, su utilización en el ambiente doméstico ha conquistado posiciones privilegiadas, empleándose sobre todo para la alimentación de cocinas e instalaciones de calefacción.
La posibilidad de transportarlo en bombonas ha sido el factor decisivo de su expansión, particularmente en los barrios periféricos de las ciudades, en los pueblos y en las zonas rurales.
El más ingenioso de ellos consiste en provocar, por medio de pequeñas cantidades de explosivos, una serie de pequeños terremotos artificiales, en cuyo transcurso se mide el tiempo que tardan las ondas sísmicas en alcanzar las rocas del subsuelo y regresar, reflejadas a la superficie.
Si dichas ondas tropiezan con una zona de depósitos líquidos y gaseosos, su movimiento experimenta una variación que queda registrada en unos instrumentos especiales.
Estos elementos quedaban aprisionados por el barro y los detritos eran oos, los cuales al solidificarse con el tiempo, se convirtieron en gruesos estratos de roca compacta.
Estas sometidas a la acción del calor terrestre, de enormes presiones y de distintas reacciones químicas, las sustancias orgánicas se transformaron en petróleo y metano.