El fuego fue el elemento transformador imprescindible. Su poder ya era conocido para otras aplicaciones como la elaboración de cerámicas, que luego sirvieron como crisoles metalúrgicos.
Los colores de las brasas servían como un termómetro natural que indicaba el nivel de temperatura. El metalúrgico prehistórico conocía los secretos de su lectura.
El descubrimiento de que el cobre se volvía líquido al calentarse en un crisol permitió fabricar instrumentos de cobre fácilmente mediante moldes de barro. Esto representó un gran paso adelante en el progreso tecnológico de la humanidad.
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