Speaker A
Al día siguiente era el día de las ejecuciones. Todos los condenados salieron a la plaza de armas escoltados por curas. A Túpac Amaru le pusieron dos clavos en la boca, uno le atravesaba transversalmente las mejillas y el otro verticalmente los labios. Mucha gente se había reunido a presenciar un espectáculo sanguinario nunca antes visto en Cuzco ni en el Perú. Lo primero que hicieron los verdugos fue subir al patíbulo a dos de los tíos de Fernando, a quienes se les estranguló en la horca. Luego subieron a Hipólito, el hijo mayor del caudillo. Lo iban a ejecutar a sus escasos 20 años de edad solo por ser hijo de un rebelde. Antes de ahorcarlo le pusieron una tenaza en la boca para que la abra bien grande. Luego con otra tenaza le jalaron la lengua y con un cuchillo fino se la cortaron. La sangre salpicó hasta el rostro del verdugo. Hipólito no podía ni gritar porque se atoró con su propia sangre. Lo mismo hicieron con otro tío de Fernando llamado Francisco. Se formaron manantiales de sangre en el piso. Luego procedieron a ahorcar a Hipólito y al tío mientras unos soldados obligaban a Fernando y a sus padres a observar toda esa carnicería. Después llegó el turno de Tomasa Tito Condemayta y Micaela Bastidas, a quienes les dieron garrote. Con la diferencia de que a Micaela le cortaron la lengua primero con el mismo método antes descrito. Tomasa murió rápido, pero la mamá de Fernandito no, porque su cuello era muy delgado y el torno no llegaba a ajustarle. Por lo que usaron una soga para retraer su cuello para atrás, pero como demoraba en morir, comenzaron a darle brutales patadas en el vientre, en el pecho y cabeza, fracturando sus huesos. Solo así consiguieron matarla. Para cerrar la encarnizada función, llegó el turno del líder indígena Túpac Amaru. Lo desnudaron, lo tendieron en el piso boca arriba y le amarraron las extremidades a las hinchas de cuatro caballos. Las crónicas describen que no pudieron desmembrarlo, pero que de seguro le fracturaron todos los huesos y articulaciones. Fernando estaba allí viéndolo todo y de pronto pegó semejante grito de dolor que se oyó en toda la plaza. Fernandito, quien tan solo tenía 10 años de edad, fue conducido a las celdas de un cuartel a donde también llegó su hermano Mariano de 18 años, recientemente capturado. Allí las torturas no faltaron. Les negaban el alimento y el agua durante días. No les dejaban dormir, y si les daban comida, solía ser sobras en estado de descomposición. Los cólicos y gritos de dolor nunca eran atendidos. No tenían ni un cuero de res para usar como colchón. Les ponían un mecanismo para que no puedan acostarse. Afuera, en la ciudad, la guerra continuaba porque cada día llegaban más prisioneros, amigos de Túpac Amaru, quienes serían condenados al destierro junto con Fernando y Mariano. Había también muchas mujeres entre las prisioneras, algunas de ellas con hijos pequeños no mayores de un año. Un día entraron a la celda de Fernando unos verdugos, quienes procedieron a castrar al niño y a su hermano. O sea, les mutilaron sus genitales. Lo hicieron porque no querían que los Túpac Amaru tuvieran descendencia alguna. Y así estuvieron encerrados en esta prisión durante dos años hasta que llegó la orden de partir para Lima. ¿Y saben cómo? A pie. ¿De qué otra forma iba a ser? A toditos los prisioneros, que eran cerca de 80 personas, les pusieron grilletes en manos y pies. Por ahí pasaron varias cadenas que conectaban a los condenados en una sola hilera. De esa forma los soldados aseguraban de que nadie se escape. Y así, encadenados, comenzó el viaje más inhumano que te puedas imaginar. Todos, que ya estaban en estado deplorable por las torturas, encima tenían que caminar 1100 kilómetros a pie y descalzos. Descalzos, imagínate. Si Fernando creía que ya lo había sufrido todo, estaba muy equivocado.