Padre amado, Dios de mi vida, Creador eterno, esta mañana me acerco a ti como un siervo necesitado, como un corazón que palpita por otros corazones más pequeños, los de mis hijos, Señor.
Hoy no vengo a pedir por mí, vengo a clamar con todo mi ser por ellos, por su alma, por su cuerpo, por su mente, por su camino, porque en este mundo, quebrado y ruidoso.
Desde que los sostuve en mis brazos por primera vez, comprendí que mi amor por ellos no tenía límites, pero también comprendí que mis fuerzas sí los tenían.
Por eso hoy los deposito en ti, en el regazo seguro de un Padre celestial que no duerme, que los ve cuando yo no puedo, que los protege cuando yo no estoy.
Señor, guárdalos, protégelos del mal que no siempre se ve, de las sombras que se esconden tras sonrisas, de los peligros disfrazados de amistades, de los caminos que parecen buenos, pero terminan en ruina.
Que tus ángeles acampen alrededor de ellos, que cuando caminen a la escuela, a la universidad, al trabajo, vayan acompañados por tu poder invisible, que si algún plan del enemigo se ha levantado en su contra, tú lo derribes con un soplo de tu boca; que ninguna arma forjada contra ellos prospere.
Pero también, Señor, clamo por su mente, porque en este tiempo las ideas enfermas se visten de libertad, la mentira se disfraza de verdad, y muchos hijos caminan confundidos llamando bien al mal y mal al bien.
Dales sabiduría aún en la juventud, dales discernimiento para ver más allá de lo que sus ojos ven, que no sean guiados por emociones pasajeras, sino por la convicción de tu Espíritu.
Y si han de equivocarse, que en el error aprendan humildad, que el dolor no los destruya, sino los acerque a ti; que el fracaso no los marque, sino los forme.
Señor, si alguno de mis hijos está apartado de ti, si ha cerrado sus oídos a tu voz, si se ha dejado llevar por la rebeldía o por heridas sin sanar, yo lo reclamo en oración.
Como el padre del hijo pródigo, hoy me paro en la puerta de la fe, esperando su regreso, creyendo en su transformación, porque nadie está tan lejos que tu gracia no lo alcance.
Sana las heridas que yo, sin querer, les pude causar, sana los vacíos de ausencia, de palabras que faltaron, de tiempos que no les pude dar, haz que su alma no camine con cicatrices abiertas, sino con cicatrices sanadas por tu amor.
Dales identidad, Señor, en un mundo que grita etiquetas, donde se pierde la verdad de quiénes somos, que mis hijos sepan que son tuyos, que su valor no lo determina una red social, ni un comentario, ni un cuerpo, ni un éxito.
Y si alguno de ellos aún no ha nacido, pero vive en mi vientre o en mi anhelo, ya oro por él o por ella, ya le entrego su vida, su historia, su propósito.