Está la soledad pecaminosa, la del que no aguanta la compañía de los hombres porque él mismo, como decía Aristóteles, es menos que hombre, es una bestia salvaje que no puede convivir y cuya cohabitación es insufrible.
Está la soledad de vocación, la del yermo, la del que busca la soledad como el modo supremo de realizar el solus cum solo, solo con el solo, a solas con Dios.
Esta es también la actitud interior de nuestra Señora durante la pasión y después de la pasión, en esas terribles horas lentas, eternas, que separan la muerte de Cristo de su resurrección.
Es preciso confesar que no podía haberse encontrado un término más expresivo, la piedad, porque ningún otro espectáculo como ese es apto para despertar en los corazones un sentimiento de viva piedad.
Se hicieron presentes en la incomprensión del mal ladrón, en el odio de los judíos, en la frialdad de los verdugos romanos, en las blasfemias, calumnias, en las burlas.