En la soledad de los llanos, la casa de los Salcedos se levantaba aislada, con su techo de tejas y paredes encaladas, rodeada por una cerca baja y unos cuantos árboles secos que apenas daban sombra.
Esteban nunca había sentido el peso del trabajo, sus manos estaban más acostumbradas a sostener un vaso de aguardiente que una herramienta, para él, todo se reducía a sus antojos, si quería licor, su padre debía conseguirlo.
Esteban salió al patio después de cenar, se quedaba inmóvil con las manos en los bolsillos, mirando hacia el horizonte oscuro, y entonces comenzaba a silbar.
Pero esa madrugada, Doña Clara se levantó por sed, el silencio del llano era absoluto, pero cuando pasó junto a la puerta cerrada, escuchó a su hijo silbando afuera.
Doña Clara, en su cama, no podía dormir, sentía que cada nota del silbido se metía en la casa, lenta y pesada, como si presagiara algo que todavía no se atrevía a nombrar.
Esteban se recostó, soltando una carcajada larga y áspera, lo que tú y él nunca me dieron, carne, dijo, soltando la verdad, ahora sí tengo lo que pedí, y esta noche voy a silbar hasta el amanecer para celebrarlo.
Su voz salió firme, grave, como si hablara alguien más a través de ella, que tu silbido nunca deje de sonar en los llanos, Esteban Salcedo, que sea tu anuncio y tu condena, para que todos sepan que llegas y nadie quiera recibirte, que el viento te lleve, pero nunca te dé descanso.
Tomó el látigo que llevaba enrollado en la silla, y sin pronunciar palabra, descargó golpe tras golpe hasta que la piel de Esteban quedó marcada en rojo oscuro, cuando terminó, dejó caer el látigo al suelo.
Llévalo contigo, que siempre esté lleno del peso de lo que has hecho, y que tu nombre se pierda, porque desde hoy solo serás lo que cargas y lo que silbas.
La figura del joven se perdió en la llanura, desde entonces, el silbido largo y pausado de Esteban, ya convertido en algo más, recorre el llano, subiendo y bajando las notas, como si contara cada paso antes de encontrarte.
Dicen que nunca llegó a ver la luz del día, que en su lugar, algo regresó a los llanos, un esqueleto altísimo con un sombrero, cubierto con ropa desgastada por el polvo y el tiempo, su rostro alargado reducido a hueso y sombra, y las miradas ardientes, como brasas vivas que no parpadean.
Siempre lleva un saco largo sobre el hombro, que se mueve de vez en cuando, y lo anuncia un silbido inconfundible, y baja con la misma calma, como si contara el tiempo antes de acercarse.
Hasta que el peso de su saco es también el peso de la culpa de aquel a quien ha elegido, y cuando el silbón se detiene frente a ti, no hay palabra ni rezo que pueda ahuyentarlo, solo el silbido y la espera.
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