Esa mañana, el sol brillaba con un tono rosado especial, las flores cantaban melodías de amor y los corazones flotaban felices decorando el valle con guirnaldas de besos y abrazos.
Aquella noche, mientras el valle entero celebraba el Día de San Valentín con abrazos, cartas y te quieros, Corazón Gruñón se apartó del bullicio y se sentó en soledad, observando la luna.
Y con una última risita, se alejó dando saltitos, dejando a Corazón Gruñón sosteniendo la semilla y preguntándose en qué momento su vida había tomado semejante giro absurdo.
Y aunque aún no entendía completamente lo que significaba el amor, supo en ese momento que quizá, solo quizá, no era tan empalagoso como siempre había pensado.