Sin embargo, cuando el ciego cerraba el candado y creía que yo estaba haciendo otras cosas, me acercaba al saco y descosía un poco la costura de un lado.
Así iba pasando el tiempo, él empeñado en darme lecciones y yo aprovechando cualquier oportunidad para tratar de engañarle y llevarme comida a la boca.
Por bien vestido que estuviera, el escudero no tenía nada que llevarse a la boca, pero tenía un orgullo tan grande que prefería no reconocerlo ni pedir limosna.