Antes del asalto final, la moral de las tropas de Jaime I estaba decayendo debido al hambre, el agotamiento y la incertidumbre. Fue en este momento crítico cuando un murciélago se posó sobre el estandarte real.
Aunque para muchos era un mal presagio, Jaime I lo interpretó como un mensaje divino. Esto insufló valor en sus tropas, dándoles renovada esperanza antes del combate decisivo.
Mientras los musulmanes intentaban un ataque sorpresa, un murciélago chocó contra las armas de los soldados cristianos, haciendo un estruendo. Este ruido alertó a las tropas de Jaime I, permitiéndoles repeler el ataque y frustrar la emboscada.
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