En la casa de los Salcedos vivían Don Lucio, Doña Clara y su hijo Esteban. Esteban era un hijo malcriado y acostumbrado a que sus deseos fueran órdenes, lo que generaba tensión con sus padres, especialmente con Don Lucio, quien debía satisfacer sus caprichos.
Cuando su padre no cumplía sus caprichos, Esteban salía al patio después de cenar y comenzaba a silbar. No era una melodía alegre, sino una sucesión lenta de notas que subían y bajaban con extraña precisión.
Esteban le dijo a Doña Clara que silbaba así porque algún día tendría lo que quería y lo celebraría silbando toda la noche. Una madrugada, Doña Clara lo escuchó silbar afuera, y el sonido parecía más fuerte que otras veces, subiendo y bajando como si midiera el tiempo.
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