Y la pregunta más incómoda y brutal, ¿de verdad era necesario lanzar las bombas atómicas? Antes de nada, hagamos un repaso a los acontecimientos sucedidos antes de los bombardeos.
Como muchos sabréis, la Segunda Guerra Mundial ya estaba decidida en Europa, Alemania se habría rendido en mayo, Hitler estaba muerto y los aliados celebraban la victoria.
Pero en el Pacífico la historia era distinta, Japón, aunque debilitado, seguía resistiendo la ferocidad inquebrantable del que quizás sea el país más disciplinado del mundo.
El Imperio del Sol Naciente había iniciado su expansión décadas antes de la Segunda Guerra Mundial, conquistando Corea, la región de Manchuria y gran parte del sudeste asiático.
Pero al igual que le ocurría a Hitler, esa expansión militar tenía un límite, la dependencia energética de Japón era muy grande y tras el embargo petrolero estadounidense.
Japón, que un siglo atrás había sufrido la humillación de verse forzado a abrirse al comercio exterior por la obligación de Estados Unidos, ahora quería demostrar su superioridad y para ello cometió el que muchos historiadores han considerado como el mayor error estratégico cometido por ningún país en la Segunda Guerra Mundial, el ataque a Pearl Harbor.
Tras uno de los ataques preventivos más famosos de toda la historia, Japón empujó al pueblo estadounidense, que hasta entonces estaba dividido, a unirse.
Sus ciudades habían sido arrasadas hasta los cimientos por bombardeos convencionales, su economía estaba asfixiada y el bloqueo marítimo impedía el abastecimiento.
Mientras todo esto sucedía en verano de 1945, además de la inoportuna muerte del presidente de los Estados Unidos, Franklin Roosevelt, se estaba gestando en las sombras simultáneamente tres acontecimientos de vital importancia.
Los cálculos eran aterradores, se estimaban desde 250.000 hasta 400.000 bajas estadounidenses y más de 2 millones de soldados japoneses, entre civiles y militares.
Al mismo tiempo, Stalin se había comprometido con Roosevelt y Churchill a entrar en la guerra contra Japón tres meses después de la victoria en Europa.
Más tarde, el físico húngaro Leó Szilárd, convencido de que Alemania podría hacerse con esta arma, convenció a Albert Einstein para firmar en 1939 una carta dirigida a Roosevelt.
Tras el lanzamiento de la bomba Little Boy, en cuestión de segundos, entre 70.000 y 80.000 personas murieron al instante, atrapados en una bola de fuego que alcanzó temperaturas superiores a las del sol.
En los días y semanas posteriores, miles más fallecieron por quemaduras, heridas y por primera vez en la historia, por los efectos invisibles de la radiación.
Aproximadamente 40.000 personas murieron en el acto y otras 30.000 lo hicieron en los meses siguientes por heridas y enfermedades derivadas de la radiación.
Decenas de miles de supervivientes, conocidos como Hibakusha, padecieron cánceres, leucemias, malformaciones congénitas en sus descendientes y un estigma social que les acompañó toda la vida.
Hiroshima y Nagasaki no solo quedaron marcadas por la destrucción material y la pérdida humana inmediata, sino también por décadas de sufrimiento silencioso.
La narrativa dominante hasta el día de hoy en Estados Unidos y en muchos países europeos es que el uso de las bombas en Hiroshima y Nagasaki fue una medida necesaria para forzar la rendición de Japón.
Estados Unidos al principio quería una rendición incondicional japonesa, sin embargo, si el propio Estados Unidos hubiera garantizado desde el principio que el emperador conservaría su puesto simbólico.
Dwight Eisenhower, entonces general en Europa y futuro presidente, escribió que le dijo al secretario de guerra que Japón ya estaba derrotado y que no era necesario usar esa cosa horrible.
Una explicación que encajaba perfectamente con el orgullo nacional y con el nuevo papel de Washington como líder del mundo libre frente a la Unión Soviética.
Mientras los manuales oficiales y la cultura popular han repetido durante décadas que Hiroshima y Nagasaki eran inevitables, buena parte de los historiadores.